14/7/14

QUE SEÁIS BUENOS...

La vez que más vergüenza he pasado en el púlpito fue la segunda vez que prediqué. Apenas tenía dieciséis años en una semana de la juventud en mi propia iglesia de Madrid. El pastor me convenció para predicar y no valoré las consecuencias, así que me tiré al ruedo sin saber muy bien lo que hacía.

La predicación en sí no fue mal, salvo que duró siete minutos. Después ya no sabía cómo terminar, porque nadie me había dicho como se termina, y empecé a dar vueltas y vueltas al tema sin llegar a ninguna parte. Repetía con otras palabras lo que ya había dicho antes, y la gente empezó a darse cuenta de ello. No sabía como terminar. Se empezaron a reír, lo cual empeoró mis circunstancias y mi estado de nervios. Cuando ya no sabía nada más que decir, mascullé: "que seáis buenos..." y bajé corriendo a sentarme a mi banco. Sólo me dio tiempo a oír una carcajada general de la concregación. Al finalizar el culto, yo esperaba críticas, pero en lugar de eso la gente me felicitaba y me decían unánimente: "gracias por la predicación, nos has hecho pasar un buen rato..." y se marchaban riéndose.

Cada vez que recuerdo esto me pongo colorado, aún estando solo. Después me río.

No hay comentarios:

Publicar un comentario