7/7/14

UN SUEÑO INCONTROLABLE

La primera vez que prediqué como pastor en prácticas fue realmente descorazonador. Fue hace más de doce años. Estaba realmente nervioso. Durante la alabanza me temblaban las piernas, pero de alguna forma estaba realmente decidido y preparado para lo que iba a hacer. Había orado mucho. Dominaba los argumentos y los recursos que iba a utilizar. Realmente estaba concentrado y con mucho ánimo por el sermón que en pocos minutos iba a predicar.

Me subí al estrado de un salto y me dirigí al púlpito con seguridad. Mayor ímpetu era imposible. Entonces comencé a dar las gracias por la invitación que me habían hecho y contar una pequeña anécdota graciosa que me había ocurrido, rompiendo así el hielo. Pensé: "Esto va bien para mi primera vez".

A continuación leí el texto bíblico que me iba a servir de base para la predicación, apenas cinco versículos. Cuando levanté la cabeza y volví a mirar al público, me fijé en que una mujer en las primeras sillas estaba totalmente dormida con la boca abierta y la cabeza caída hacia atrás. ¡Sólo le faltaba roncar! Inmediatamente pensé: "¿Cómo? ¡No llevo ni cinco minutos predicando, y ya se duerme la gente! Un aluvión de pensamientos me invadieron creyendo que yo no servía para esto, que no era mi lugar, que no debía haber aceptado la invitación, etc. Apenas podía hablar. No sabía qué hacer para terminar, y mientras la mujer durmiendo a pierna suelta.

De pronto decidí que era el momento de aumentar el volumen. Grité y grité y la mujer despertó de sopetón. Pensé: ¡Lo he conseguido! Seguí predicando y a los cinco minutos la mujer estaba otra vez durmiento con la boca abierta. Me di por vencido y seguí predicando desesperanzado.

Al terminar el culto le conté el asunto a un pastor amigo que estaba presente en la predicación. Él me dijo: "¡Tranquilo Diego, esta mujer se duerme cada domingo, tiene somnolencia crónica!" "¡Uf, qué respiro! Le dije. "Me has dejado tranquilo". Espero que no me mintiese...

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